| EL
TOSTÓN ASADO
El tostón es un manjar base en mi
mesón. A dicho animalito debo mucho
de mi fama, y quiero, pues aunque no sea
más que por gratitud, sacarle a relucir
en primer término en mi prosa.
Tiene el tostón su historia, como
un príncipe. Y siete nombres: tostón,
cerdo, cochinillo, puerco, marrano, guarro
y lechón. Fue antaño manjar
de personas reales, de favoritos y de cardenales,
y hoy le saborean -¡cuanta razón
tenía Ovidiol- hasta labradores de
mediana hacienda, menestrales y trabajadores
manuales. El nivel. Eso que llaman el nivel
de vida, que sube y sube y va cubriendo
todas las capas sociales. Más vale
así.
Según cuenta Federico Bravo Morata
en su Historia de Madrid, hacia finales
del siglo XVI o principios del XVII llegó
a la capital de España un francés
extraordinario, cocinero de oficio, pero
bohemio y pícaro de condición,
llamado Jean Botín. El hombre anduvo
de aquí para allá en el dédalo
de calles y callejones de la Villa y Corte,
hasta que se le ocurrió la idea de
poner un figón en los bajos de la
plaza Mayor, allí por donde están
la calle de Cuchilleros, Puerta de Moros
y las Cavas, lugares de posadas, paradores
y establecimientos vinícolas, donde
se aglomeraban viajeros, tratantes, trajinantes,
arrieros y otros individuos más o
menos encopetados y de anchas tragaderas.
El caso fue que este galo Botin monta su
comedero humano, y sabiendo las durezas
del paladar ibérico su especialidad
primera fue la del asado: el tostón
y el cordero, colgando, como muestra de
su establecimiento, los propios animalitos,
pendientes del hocico, bajo una muestra
que así decía: <Hostería
de Botin. Tostones asados.. Dicho figón
comenzó a conseguir lo más
dificultoso, fama y popularidad, y no hay
duda que Botin logró su propósito.
Lo que no quiere decir que en otros lugares
de España no existiesen ya otros
establecimientos donde el asado de este
animalito llegaba a su cenit. En todas las
regiones y en todos los tiempos se asaron
tostones, de diversas calidades y edades
y de distintas formas, sobre brasas, en
asadores a la llama viva, en hornos de pan...
Esta última es la manera más
adecuada y más extendida.
Han sido muchas y largas las polémicas
suscitadas para delimitar el triángulo
donde se crían y asan los mejores
tostones del mundo, y al mismo tiempo razonar
por qué son los mejores. El gran
escritor castellano Julio Escobar, y el
bilbaíno Luis Antonio de Vega, ambos
grandes conocedores de la materia, y el
que estas líneas escribe, suscitaron
muchos debates hasta aclarar todos estos
extremos. Jean Botin divulgó el tostón
asado, pero ya era un manjar muy conocido.
En Segovia existe un cronicón en
el que un rey castellano concedía,
siglo y medio antes, el privilegio de partir
o trinchar el cochinillo con el borde de
un plato a determinado mesón: <Don
Enrique por la grazia de Dios, rey de Castíella,
de León, de Toledo, de Galicia, de
Sevilla, de Córdoua, de Murcia, de
Jahén, del Algarbe, de Algezira e
Señor de Vizcaya e de Molina, a Vos
el Conzejo, Alcalles, Alguacil, Regidores,
Caballeros, Escuderos, oficiales e Homes
buenos de la mi ciudad de Segouia, Fago
vos saber que por facer bien e merced a
Pedro de Cuéllar, mi aposentador
real, fundador del mesón que está
al Azoguejo, le otorgué preuillejo
para que con el ceremonial de razón
pueda facer el trinchado del asaz tierno
lechoncillo a la manera ruda e patriarcal,
como de luengos siglos lo ficieron remotos
pobladores destas tierras, e que ansimesmo
lo puedan facer sus subcesores en el susodicho
mesón.>
Es indudable que la materia prima resulta
fundamental en esta clase de asados. Es
decir, que lo más importante es el
tostón. ¿Y de dónde
son estos cochinillos? ¿Qué
pueblos tienen el honor de su nacencia?
Unas humildes y sencillas aldeas segovianas
del partido de Santa María la Real
de Nieva: Nieva, Montuenga, Rapariegos,
Tolocirio, San Cristóbal de la Vega,
Montejo...; del abulense partido de Arévalo:
Aldeaseca, Villanueva del Aceral, Barroman,
San Esteban, Castellanos, Espinosa, Orbita,
Gutierre Muñoz, Adanero, Pajares
de Adaja...; y los salmantinos de por Pefiaranda
de Bracamonte: Rágana, Paradinas,
Babilafuente, Horcajo, etc. En estos lugares
ponen gran celo y eficacia en la crianza
de estos animalitos, y el máximo
cuidado en la recría. Los cochinillos
se alimentan de las tetas de la madre, y
es entonces, entre los quince y los veinte
días de edad, cuando pesan de tres
kilos y medio a cuatro, el momento preciso
para que ofrezcan su inocente suculencia
angélica a la calentura del horno.
Las madres han de ser de buena crianza,
y su alimento a base de granos, cebada y
centeno, de harinilla, de berzas y patatas
cocidas, y salir poco de la pocilga a la
rebusca de desperdicios, y menos de montanera,
a por las bellotas caídas de las
encinas. Estas madres han de ser caseras,
y si son molinera:, mejor que mejor, porque
a los molineros no les duelen prendas en
el derroche del pienso. Los cerdos criados
y mantenidos a base de piensos sintéticos
no pueden dar las mismas carnes que los
alimentados naturales. No es preciso insistir
en esta lógica argumentación.
MODO DE PREPARAR EL COCHINILLO PARA SU
ASADO
Sujetándole con la mano izquierda
por sus manitas delanteras, se le degüella
con un cuchillo fino, desde el cuello al
corazón, a fin de que muera en el
acto. Suspéndase por las patas traseras
hasta que haya sar-grado completamente,
rebozándole a continuación
en su misma sangre y espolvoreándole
con un puñado de pez bien machacada
y seca.
Una vez hecha esta primera operación,
se le sumerge en un caldero de agua caliente;
antes de que llegue a hervir se le seca
con un paño, o simplemente con la
mano, pelándolo muy fácilmente.
Se lava al chorro de agua, se le destripa
y se le vuelve a lavar hasta que quede bien
limpio. Colóquese a escurrir. Así
se realiza en Castilla.
En otras regiones suelen encallarlo Esta
operación consiste en que una vez
pelados se les sumerge en un caldero, donde
hay agua cociendo para que se encallen.
Ahora bien, esta operación no es
muy recomendable, pues endurece su piel.
Cuanto menos tiempo transcurra desde las
operaciones de matarlo y limpiarlo hasta
meterle en el horno, mejor, pues en este
caso, como en otros muchos, hay un viejo
refrán castellano que dice: <El
lechón, del cuchillo al asador.>
EL ASADO
Se extiende el cochinillo sobre una mesa
o tabla, se le abre de abajo hacia arriba,
excepto la cabeza, pues una vez asado le
da una figura especialmente graciosa. Se
le da un corte, o más bien un golpe,
a lo largo de la espina dorsal, de abajo
hacia arriba, con el fin de que quede más
extendido. Colóquese en una tartera
de barro, después de haberlo espolvoreado
con sal fina, y en cuya tartera habremos
puesto un poquito de agua y atravesado el
cochinillo con unos palitos de laurel al
objeto de que no se pegue a la cazuela durante
el asado y su fina piel quede destruida.
Ha de entrar en horno abierto, (aclaración
mía: horno abierto si es de panadería,
en el de casa la puerta cerrada), con su
parte interior hacia arriba. Cuando por
esta parte ha cogido su punto de asado,
se procede entonces a darle la vuelta. No
sólo continuaremos asándolo,
sino que a partir de este momento cuidaremos
de su presentación, le daremos unos
<untos> con buena manteca de cerdo
fresca, cuidando de que su fina piel, aún
correosa, no se chasque.
El rabito saldrá ensortijado, las
orejillas las cubriremos con unos cucuruchos
de papel de estraza que habremos humedecido
antes para que no se quemen y cuyo único
fin es proteger aquellas del exceso de calor
que van a recibir. Con un tenedor se pica
su fina piel, a fin de que no se formen
diminutas vejigas con el aire que hay dentro.
se introduce de nuevo en el horno. Su punto
exacto de cochura se produce cuando la piel
toma un color avellanado, y al golpearle
con los nudillos de la mano suene a hueco
como la piel de un tambor, la piel tersa.
Es éste el momento preciso para sacarlo
del horno. Se le pasan por él unas
plumas o una brocha impregnadas con manteca
de cerdo derretida. En algunos sitios lo
hacen pasándole un trozo de tocino
fresco. De ambas maneras recibirá
un brillo que realzará su presentación.
(En la manteca se habrán puesto unos
ajos.)
Si el tostón es de buena calidad
no necesita más ingredientes que
los expuestos anteriormente. Se le sirve
en su propio jugo, sazonándolo con
sal a gusto del asador. Si el cochinillo
no reuniese las condiciones de alta calidad
deseada, o si su tiempo de cochura fuese
mayor del previsto, o el gusto de los comensales
fuese muy español, en este caso es
aconsejable añadir al jugo del tostón
tomillo salsero o ajos machacados. También
en Filipinas se refuerza la salsa del cochinillo
con las asadurillas, muy picadas, que una
vez rehogadas y con la adición de
vino blanco, se las liga con la salsa del
cochinillo, reduciéndola un poco
al fuego. En Cuba y en algunos otros países
de Hispanoamérica les place acompañarlo
con salsas picantes, o alegrías (guindillas),
etc. Pero continuo insistiendo que cuando
se trata de un cochinillo de alta calidad
y crianza, no necesita más que el
sencillo procedimiento explicado al principio.
En Mallorca, a los tostones les llaman <lechonas>,
y su peso suele ser de unos 15 a 20 kilos.
Se introduce el animal en el horno y se
van turnando los asadores hasta que se asa,
pues son muchas las horas que tarda en coger
su punto de cochura, y más aún
si le embuten algún relleno de carnes,
frutas o verduras. En este caso, se puede
llegar a necesitar hasta 24 horas de horno
para que esté a punto.
Se suelen servir estas «lechonas»
trinchándolas como si se tratase
de un embutido, sirviéndolas en lonchas
que se cortan a partir de la cabeza hasta
el rabo, y aderezándolas con salsas,
más bien fuertecitas, al estilo mallorquín.
ALTA PRESENTACIÓN DEL COCHINILLO
ASADO
Es necesario no abrir el tostón de
arriba abajo para el asado al estilo puramente
castellano, sino solamente lo necesario
para poder limpiarlo con el fin de que quede
casi entero y en la posición como
si estuviese vivo echado sobre sus patas.
Una vez asado y bien acaramelada y brillante
su piel, cuidando especialmente de que sus
orejillas estén tiesas y su rabito
ensortijado, se le pasa unas plumas o brocha
con manteca derretida o ajo para barnizarlo,
colocándolo sobre unas andas de madera,
sobre las que se habrá puesto una
gran bandeja metálica para el aditamento
de unos costrones de pan frito, haciendo
mosaico, y, entre las juntas, unas ramitas
de tornillo salsero y espliego. Las andas
pueden ser de madera oscura, y los brazos
para que los cocineros los agarren pueden
simular las patas o manos de una ternera.
En el momento de ser presentado ante los
comensales el tostón en andas y volandas,
se le vuelca un chaparrón de ron,
que prenderá al rociar al cochinillo,
ardiendo también el tomillo, que
desprenderá un aromático olor
campestre.
Lo ideal es ofrecer este cochinillo partiéndolo
con el borde de un plato, demostrando de
esta manera su alta calidad y su perfecto
punto de cochura. Son muchos los establecimientos
en estas tierras castellanas que se han
hecho famosos y donde el cochinillo constituye
el plato de choque. Estos han sido: La Pinilla
de Arévalo, el de Botín de
Cuchilleros, y Cándido en Segovia,
entre otros muchos. |